viernes, noviembre 14, 2008

Panacea o maldición


¿Panacea o
maldición?


Por
J. García Montalvo, catedrático de Economía
(UPF), y M. Reynal-Querol, M. REYNAL-QUEROL, investigadora ERC-Stg y
prof. econ. UPF (LA VANGUARDIA, 02/11/08)



En los últimos
tiempos se ha producido una evidente sensibilización de la
opinión pública y la clase política respecto al
subdesarrollo. La ayuda oficial al desarrollo (AOD) ascendió a
105.400 millones de dólares corrientes en el 2007. En torno al
98% de esta ayuda proviene de países de la OCDE y el resto de
otros como China, Corea del Sur, Polonia o la República Checa.
Aproximadamente, el 70% de la ayuda es bilateral (va del país
donante al país receptor directamente), mientras que el resto
es multilateral (el país donante la entrega a una agencia
internacional como por ejemplo el Banco Mundial). Los donantes más
generosos, en proporción a su renta, son Noruega, Suecia,
Luxemburgo, Dinamarca y Holanda. Todos ellos superan el famoso 0,7%.
África, en especial la subsahariana, recibe el 50% de la ayuda
oficial. En algunos países la ayuda al desarrollo representa
un volumen muy alto de su economía. Por ejemplo, entre
1960-99, la ayuda al desarrollo a Mauritania representó de
media el 37% del presupuesto público y el 12% del PIB.



Diversas encuestas
muestran ciclos en la sensibilidad de la opinión pública
hacia el subdesarrollo: al idealismo del comienzo de una nueva fase
le sigue una etapa de grandes esperanzas hasta que unos resultados
decepcionantes nos devuelven de nuevo al cinismo. Durante el primer
quinquenio del nuevo siglo se produjo una de estas fases de grandes
esperanzas.

Pero
el renovado entusiasmo por la ayuda al desarrollo parece estar
entrando en un nuevo ciclo de decepción o, al menos, de
pérdida de ímpetu. Los últimos datos de la OCDE
muestran que, a pesar de las promesas, la ayuda cayó en el
2007 por segundo año consecutivo, tras la finalización
de muchas de las operaciones de condonación de deuda. De hecho
varios países han pospuesto, o se han desentendido, de los
compromisos de Barcelona (2002) o Gleneagles (2005). Por tanto, las
declaraciones políticas no se están trasladando a
desembolsos efectivos. Es previsible que la crisis económica
actual agudice esta tendencia decreciente.


La
causa fundamental de la decepción respecto a la ayuda al
desarrollo es su escasa efectividad. Las declaraciones
grandilocuentes no son suficientes para conseguir un objetivo que se
ha mostrado muy esquivo. La comunidad internacional ha destinado más
de 2,7 billones de dólares en forma de ayuda al desarrollo
desde los años 60 sin que se puedan mostrar grandes avances,
en particular en el África subsahariana. Existen varias
causas. En primer lugar los objetivos de muchos donantes están
dominados por razones políticas o estratégicas en las
que la mejora de las condiciones de vida del país receptor de
la ayuda no es la prioridad. En ocasiones la “ayuda al
desarrollo” es armamento o viene acompañada de la
obligación de comprar bienes y servicios del país
donante. En estas condiciones no es extraño que sea poco
efectiva. En otras ocasiones el donante sólo está
interesado en el hecho de donar y no tanto en los resultados. Esta
obsesión por el 0,7% implica una visión muy ingenua que
no tiene en cuenta el coste de oportunidad de los fondos (no todos
los programas de ayuda al desarrollo tienen la misma eficiencia en la
consecución de sus objetivos) ni posibles efectos secundarios
negativos. Estudios recientes muestran que los países
receptores de mayor proporción de ayuda al desarrollo sufren
un síndrome similar al de la maldición de los recursos
naturales: sus niveles de democratización bajan a medida que
aumenta la ayuda, y la búsqueda de rentas puede derivar
incluso en conflictos armados.


En segundo lugar el
aumento del número de donantes causa problemas de
coordinación. Recordemos el caso de la niña que después
del tsunami en Banda Aceh contrajo el sarampión tras ser
vacunada por tres ONG diferentes que querían contar aquella
vacuna en su informe anual.


Un tercer factor
importante es la corrupción en los países receptores.
Estudios recientes muestran cómo se puede perder hasta el 83%
de los fondos en la canalización que va desde la
administración estatal hasta las empresas locales que
construyen las escuelas o los hospitales. Estos problemas muestran la
importancia de adoptar estrategias que no descansen exclusivamente en
financiar gasto social corriente. El desarrollo económico
requiere del fortalecimiento de las instituciones, el aumento de la
seguridad jurídica (y contractual) y la facilidad para hacer
negocios en los países receptores de la ayuda. En este
sentido, el proceso de Barcelona ha mostrado cómo mejoras en
estos aspectos, incluidos en la declaración de Barcelona, se
traducen en mejoras significativas del nivel de vida en los países
del sur del Mediterráneo.


Para mantener el apoyo
de la opinión pública y la ciudadanía, es
preciso evaluar científicamente los resultados de la ayuda al
desarrollo y mostrar su efectividad. De otra forma, el entusiasmo se
transformará en decepción.